Han sido las peores 3 semanas del año.
Comenzamos con un resfrío común de la pioja que se transformó en una faringitis ulcerosa y que como guinda de la torta mutó en mí.
18 días enferma .... comenzando por una rino-faringo-laringitis (bien súper califragilistico espialidoso el nombre), que se transformó en una bronquitis para mutar nuevamente en una mega amigdalitis purulenta con conjuntivitis (que aún no se va del todo) bien acompañada de su amiga gastritis producto de tanto antibiótico.
18 días de licencia médica que ni sentí, porque estar en casa -enferma con fiebre-, pues no se disfruta. Hubo momentos en que sentí que literalmente me moría, donde el único pensamiento cuerdo que tenía era preguntarme como es que estos niños resisten un estado febril.
18 días en que no he tenido fuerzas para nada. 18 días (y contando) que me he visto en la obligación de restringir nuestros instantes de cercanía, por temor a contagiarle. 18 días extrañando ese contacto tan pero tan cercano, el mirarnos nariz con nariz antes de dormir, el dormir abrazadas.
Pioja me busca a cada instante, y me pregunta si los "bichitos de mi boca se fueron". Mr. K - que es un sol y se ha portado como un Dios- apoya con dosis extras de caricias y arrumacos para ella, pero a veces no es suficiente, simplemente quiere colgarse de mamá, dormir siesta en mi pecho. Las mascarillas han sido nuestras cómplices y nos han permitido darnos uno que otro instante.
Ha sido una experiencia que espero no se vuelva a repetir, pues no poder cubrir la demanda un hijo, por que simplemente no tienes fuerzas o porque estás tan contagiosa que la pones en riesgo, me ha roto el corazón.












